El cortometraje Trevor nos aproxima a la realidad de un chico acabado de entrar en la adolescencia y que, a causa de su particular sensibilidad y su incipiente orientación sexual, se encuentra con serios problemas de integración tanto en el ámbito escolar como en el familiar. El enfoque narrativo de la pieza conduce al espectador a un sentimiento de ternura y empatía con el protagonista, Trevor. Siguiendo el patrón del género coming-of-age y de la mano del propio chico, se narran los confusos sentimientos que empieza a sentir, las vicisitudes que sufre a causa de su sensibilidad disidente y, finalmente, se vislumbra la esperanza al final del túnel fruto de un descubrimiento inesperado.
Personalmente, siento que el cortometraje me despierta sentimientos diversos: identificación, empatía, compasión, ternura. Lo cierto es que en el momento del visionado no estuve tan pendiente de las emociones que a mi me despertaba si no más bien de las emociones que podía despertar en los demás. Paradójicamente, a menudo el público que consume determinados productos concienciadores, es justamente el público que ya está concienciado, no aquél al que hace falta concienciar. Porqué esa parece ser otra de las características de la película: apela a las emociones con la intención de sensibilizar, de educar. Y ¿qué mejor para despertar sentimientos y para concienciar que los niños? Sin duda el efecto no sería el mismo si Trevor tuviese treinta años en lugar de tener doce o trece. Debemos tener esto bien presente como elemento discursivo intencionado y que puede verse en muchas otras obras o en espots publicitarios.
Es cierto que la utilización de menores con la intención de “vender” es un tema polémico (de hecho, en Escandinavia están prohibidos los anuncios con niños), pero, puesto que estaremos de acuerdo en que el fin es bueno, los recursos usados también lo son y, por lo tanto, Trevor resulta una pieza audiovisual educativa, progresista y apta para todos los públicos. A diferencia de lo que algunos podrían pensar, no se trata de propaganda sino de la obra que emana de la sensibilidad de un artista y de la necesidad de compartirla.
Personalmente, siento que el cortometraje me despierta sentimientos diversos: identificación, empatía, compasión, ternura. Lo cierto es que en el momento del visionado no estuve tan pendiente de las emociones que a mi me despertaba si no más bien de las emociones que podía despertar en los demás. Paradójicamente, a menudo el público que consume determinados productos concienciadores, es justamente el público que ya está concienciado, no aquél al que hace falta concienciar. Porqué esa parece ser otra de las características de la película: apela a las emociones con la intención de sensibilizar, de educar. Y ¿qué mejor para despertar sentimientos y para concienciar que los niños? Sin duda el efecto no sería el mismo si Trevor tuviese treinta años en lugar de tener doce o trece. Debemos tener esto bien presente como elemento discursivo intencionado y que puede verse en muchas otras obras o en espots publicitarios.
Es cierto que la utilización de menores con la intención de “vender” es un tema polémico (de hecho, en Escandinavia están prohibidos los anuncios con niños), pero, puesto que estaremos de acuerdo en que el fin es bueno, los recursos usados también lo son y, por lo tanto, Trevor resulta una pieza audiovisual educativa, progresista y apta para todos los públicos. A diferencia de lo que algunos podrían pensar, no se trata de propaganda sino de la obra que emana de la sensibilidad de un artista y de la necesidad de compartirla.
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